La razón de la sinrazón
Cada miércoles a las 9:00 horas el pleno del Congreso de los Diputados se abre con tres preguntas orales que pasan a formularle los portavoces de los grupos parlamentarios de la oposición.
Dijo Don Quijote aquello de: "La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de vuestra fermosura". Y no se me ocurre mejor definición para las sesiones de control al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que venimos padeciendo durante toda la legislatura.Cada miércoles a las 9.00 horas el pleno del Congreso de los Diputados se abre con tres preguntas orales que pasan a formularle los portavoces de los grupos parlamentarios de la oposición. El reglamento del Congreso establece la anticipación con la que las preguntas deben presentarse a la Mesa de la Cámara, de modo que se eviten sorpresas y el presidente pueda preparar y documentar sus respuestas con la precisión debida.Pero sería inútil buscar cualquier rastro de coincidencia entre el texto escrito de las preguntas, por lo general completamente inocuo según quedan transcritas en el orden del día, y la formulación oral que acaban teniendo las mismas cuando las vocaliza cada portavoz al interpretarlas de forma libérrima. Produce desánimo observar cómo las preguntas se plantean sin haber sido trabajadas de manera que, en vez de reclamar detalles de interés que permitan evaluar la tarea de gobierno, prefieren dejar abiertas todas las salidas a base de cuestiones como la de qué calificación le merece al Gobierno la política educativa, la de medio ambiente, la de coordinación con los partidos del bloque de investidura, la financiación autonómica o vaya usted a saber.Pero, en ese momento, apenas puesto el toro en suerte, el portavoz del PP, Alberto Núñez Feijóo dibuja una larga cambiada y ensarta una serie de críticas a partir de los asuntos de más rabiosa actualidad y vuelve al suma y sigue de los escándalos de sus adversarios, pasando revista uno por uno a los pecados capitales que figuraban en el catecismo del padre Ripalda en los que habrían incurrido los afines al sanchismo, a saber: soberbia, ira, avaricia, envidia, lujuria, gula y pereza, cuya exacta vigencia viene a probar que en medio del avance de las tecnologías ha quedado invariable la naturaleza del ser humano, así como sus perversas inclinaciones.Enseguida, la sesión se invierte de forma que, en vez del control de la oposición al Gobierno, nos encontramos inmersos en otro espectáculo: el del control del Gobierno a la oposición. Así, Pedro Sánchez, que comparecía para rendir cuentas, pasa a pedírselas no solo a su antagonista Núñez Feijóo, sino a todos aquellos predecesores suyos que en algún momento estuvieron al frente de la derecha, ya fuera la civilizada o la incivil.Y entonces Sánchez, en vez de dar explicaciones, pasa a reclamarlas, acusa a la máquina del fango, la emprende contra los pseudomedios digitales, descalifica a cuantos detecta con pérdida de fervor y considera que, como señaló aquella viñeta de El Roto, "toda crítica es excesiva y todo elogio, insuficiente". Buen momento además para lanzar en tromba una catarata de cifras de toda clase, sin contraste alguno, para demostrar que su gobierno ha invertido más, ha reducido la pobreza, ha multiplicado el bienestar y ha devuelto la felicidad a los españoles.¿Alguna vez aprenderá Feijóo a dejar de pedir dimisiones y a exigir, por el contrario, que se mantengan en el Gobierno hasta el final los ministros que han probado ser más incompetentes? ¿Alguna vez procederá a adelantarse en una operación de limpieza circunscrita a su entorno inmediato para dar ejemplo y exigir a los de enfrente? Veremos.
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