Joanne y la alegría, o la tediosa luz de gas
Sabemos muy bien que no hace falta decir las cosas para que existan, y para que tengan consecuencias. Si hay algo que detesto, personalmente, es la luz de gas, y por eso escribo.
No suelo reaccionar ante textos que, evidentemente, son una provocación y buscan el click fácil y hacer caja, o remontar en visibilidad y likes a costa de dar patadas a un avispero. La consecuencia es el dolor, lo conozco y lo detesto. No quiero escribir esto, porque quienes escriben provocaciones (como la de ayer en este mismo medio) se alimentan de las respuestas y del malestar que generan y avivan. Toda respuesta es atención, y esa es la trampa. Y yo, en general, no quiero dársela, y animo a todo el mundo a no hacerlo. Las provocaciones en redes y en medios digitales se alimentan de atención. Cuanto más respondas y mayor sea tu indignación, más crecen y más se reproducen. Eso no quiere decir, en absoluto, que no nos posicionemos. Al contrario. Yo me posiciono cada día y donde se requiera, y trato de estar siempre acompañando y poniendo el hombro por las causas que creo. Sé muy bien quién forma mi comunidad y la defiendo. Creo que responder a provocaciones como esta, como la de ayer, supone alimentar y alentar a quienes las escriben a que sigan haciéndolo (compartirlas en redes al lado de un texto indicando indignante que resulta).Además de que causa el efecto contrario, también genera la sensación de que estamos haciendo algo, y creo que eso no es hacer (más allá del hacer que esta misma máquina siga funcionando). No quiero, en fin, escribir esto, pero lo escribo, ya ves. Hoy, por lo que sea, quedarme callado me duele más, y también porque si hay algo que detesto, personalmente, es la luz de gas.Imagina una situación: Imagina que una persona defiende la segregación racial de espacios públicos. Imagina que argumenta que es por seguridad —de sus hijos, de sus vecinas—, que apoya las causas en las que cree, que la segregación racial es una opinión y una forma de ver el mundo, y que su mismo derecho a decirlo consiste en defender la libertad de expresión. Imagina que esa persona dona 70.000 euros a una organización que va a presentar una demanda judicial de revisión para que se considere legalmente esta segregación. Imagina que ganan esa demanda, que salen eufóricas a celebrarlo a las puertas de la Corte Suprema y brindan con cava en la calle porque han conseguido que la segregación se haga ley. Imagina que la persona que apoyó la causa se suma a esa gran alegría y escribe en sus redes «Me encanta que los planes salgan bien». No es odio, claro que no, es todo celebración y alegría.Esa persona jamás ha dicho en sus redes sociales que sea racista. No hace falta. Esa persona jamás ha dicho explícitamente "odio a..."Si solo reconocemos el racismo cuando alguien se declara racista, hemos decidido de antemano no reconocer el racismo. El racismo no existe cuando alguien se declara racista, porque eso apenas ocurre, de hecho, hemos aprendido a callar y velar las palabras. Hoy en día nadie es racista, ni misógino, ni homófobo, ni tránsfobo… y, sin embargo, se manifiesta cada día la violencia contra personas por el hecho de ser identificadas según esas categorías. “¡Es imposible encontrar transfobia en las palabras de JK Rowling! ¡Mirad sus redes, sus libros! ¡JK no es tránsfoba!” Podemos discutir sobre las palabras que utilizamos, sobre la retórica y el uso torticero, pero no podemos dar la espalda al ejercicio continuo, constante y real de una persona que militantemente va a en contra de un colectivo.La voluntad segregacionista, el racismo y la xenofobia forman parte de la cotidiana violencia más o menos frontal y manifiesta, más o menos velada, de los discursos públicos y enunciados y ejercicios individuales e institucionales. Y lo mismo ocurre con las personas trans, queer y con otros grupos minorizados, fácilmente señalables y reducibles a una propiedad que marque su diferencia.No voy a discutir los argumentos de alguien que se esconde detrás de retóricas sobre la protección de las infancias, la seguridad o la libertad de expresión, porque en su argumento está implícito que yo las ataco, y es mentira.Sí repetiré, una vez más y las que haga falta, que nadie dice que el sexo no sea relevante (¿?), sí decimos que el sexo no es (y no debe ser) determinante para la construcción de la identidad, que el binarismo es una norma naturalizada, y que deshacer el género es la manera de desarticular sus violencias. Y ya sabemos lo que es la opresión por sexo, gracias. No hace falta que se recuerde cada vez, como si fuera algo que ocultamos deliberadamente u olvidamos de forma interesada. No se trata de eso.Se trata de que existe una voluntad manifiesta, evidente y calculada de ignorar las realidades trans, queer y las vidas que quedan en los márgenes inteligibles de los marcos del género y el sexo. Se trata de hacer ver que son caprichos, tonterías secundarias, extravagancias que buscan atención.Cuando alguien afirma, como ayer (¡y como tantas otras veces!) que esto no es ir en contra de nadie, al revés, es preocuparse por “las infancias, la justicia en el deporte, la seguridad de las presas y la libertad de expresión", la persona que lo dice sabe que es mentira, la persona que lo vive sabe que es mentira, y la persona que conoce a alguien queer o trans sabe que es mentira.Pero a quien en principio no tenga idea ni ganas de entender, a quien viva alejada o alejado de estas realidades, a quien esté preparado o preparada para que le indiquen quién es un peligro social, es más probable que llegue el altavoz de estas personas, que son escritoras y escritores de éxito, o personal con cargos políticos con una trayectoria y un altavoz, que alcanza un radio que otras, la verdad, pues no tenemos.La enorme pena en el corazón que me pesa, a mi particularmente (y a ti también, si sabes por qué digo esto), crece por haber visto, y ver día a día, las consecuencias de la diseminación de estas mentiras, que como la tortura de la gotita van calando y calando la corteza hasta hacer la herida profunda. Hasta hacer que ningún espacio se pueda percibir como seguro, hasta sentir que estás permanentemente bajo sospecha. Esa presión en el corazón tira y tira, y a veces no se soporta.Las consecuencias reales, materiales, la angustia y el dolor que causa el haber abierto camino a la deshumanización (sí: a la deshumanización, es decir, alejar de la consideración de lo humano mediante la sospecha permanente, la acusación de amenaza y de peligro a un colectivo), están ahí. Se viven en redes, en pintadas en la calle, en espacios públicos y en la intimidad.Además de todo, esta presión en el pecho, esa maldita luz de gas.Pero estamos aquí. Sabemos muy bien quiénes somos, sabemos reconocernos y nos encontramos. Nos cuidamos, nos acompañamos, hacemos comunidad, escribimos, hablamos, ocupamos espacios y vivimos nuestras vidas. Nadie puede borrar eso.Victor Mora.
Fuente original:
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