Turismo de catástrofes
El tornado pasa, se achica el agua, se barren los cristales y al día siguiente consultamos el tiempo porque puede venir otra tormenta.
Durante años nos enseñaron a reconocer el inicio del fin del mundo por sus efectos especiales. Olvidado ya el Apocalipsis, con sus cuatro jinetes y sus ángeles flamígeros, las señales resultaban mas cotidianas, pero evidentes y certeras. El cielo adquiría un color sospechoso, el héroe miraba al infinito con expresión sombría y, poco después, Manhattan se congelaba, una vaca cruzaba volando la pantalla o una ola de dimensiones bíblicas se tragaba una ciudad. La catástrofe se acompañaba de una banda sonora épica que vestía el vertiginoso montaje mientras nosotros comíamos palomitas.Esta semana en Pomas, al sur de Carcasona, un tornado arrancó tejados, volcó vehículos y dañó más de trescientas viviendas; en Tarragona, una tormenta de agua, viento y granizo convirtió las calles conocidas en cauces y dejó decenas de heridos; en Mallorca, varias rissagas oscilaciones bruscas del nivel del mar, una especie de meteotsunami, hicieron retroceder la marea ante quienes tomaban algo tranquilamente en las terrazas del puerto. La Vuelta tuvo que detenerse en Font-Romeu mientras los ciclistas buscaban refugio de una granizada que convirtió la carretera de agosto en una gélida superficie blanca.Todo esto nos resulta familiar. Lo hemos visto antes, solo que entonces era mentira. En Twister (1996), de Jan de Bont, un grupo de científicos perseguía tornados por Oklahoma. En Deep Impact (1998), de Mimi Leder, la amenaza llegaba del espacio en forma de cometa. Roland Emmerich convirtió el clima en el mayor psicópata del cine en El día de mañana (2004), un villano que traía con él granizo, tornados, inundaciones, y una glaciación exprés que congelaba Nueva York. En Sunshine (2007), de Danny Boyle, el enemigo era el propio Sol y unos astronautas viajaban hasta él para intentar reactivarlo.Nos reíamos bajo el miedo porque, para que funcionara, el género exigía una cierta exageración. La naturaleza debía comportarse como un actor de melodrama, porque una tormenta corriente no vendía entradas y necesitábamos que el clima desarrollara su propia personalidad, un amargo rencor y una puntería certera. La realidad, no obstante, no se ha andado con paños calientes. No hay protagonista, nadie conoce el desenlace y los científicos llevan años avisando del final sin disponer del botón que lo detiene. No hace falta que mencionemos el cambio climático tras cada tormenta para advertir que el decorado ha variado: un Mediterráneo muy caliente aporta combustible a episodios climáticos cada vez más severos.Y nuestro lugar en la escena ha cambiado. Éramos espectadores, y ahora somos testigos: alguien graba desde su balcón cómo el granizo destroza los coches, cómo el mar se retira; el cine de catástrofes prometía que una vez salvado el planeta, todos, los reales y los de ficción, regresaríamos a casa. Nuestra versión carece de final y de alivio. El tornado pasa, se achica el agua, se barren los cristales y al día siguiente consultamos el tiempo porque puede venir otra tormenta. Hemos pasado de pagar una entrada para asomarnos al desastre a preverlo en un viaje, en la terraza, en la playa, en la carretera.La naturaleza siempre fue brutal, pero qué incómoda resulta esta pérdida de distancia entre ficción y experiencia. Durante años imaginamos el apocalipsis como un acontecimiento gigantesco que reconoceríamos de inmediato, y ahora quizá no llegue con una gran escena final, sino por fragmentos, como en La vida de Chuck de Mike Flanagan (2024): un tornado aquí, una granizada allá, Hyde Park seco y Ávila carbonizada. Y nosotros, todavía con hábitos de espectadores, somos involuntarios turistas de catástrofes.
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