España

La vida mancha

La vida mancha

"Construimos búnkeres reales y metafóricos para escondernos del mundo, para mezclarnos sólo con los nuestros, hoteles y resorts privados que son burbujas".

Dice Milena Busquets que la vida se mide en veranos y en amores, no le falta razón y de ambas cosas se aprende. Yo, en este verano he aprendido, o más bien he corroborado, que la vida, sobre todo, mancha. Vivimos obsesionados con permanecer impolutos, ajenos a la intemperie. Miramos desde la distancia, a través de la barrera de seguridad que nos dan nuestros privilegios, pero de repente la realidad estalla, te salpica con fuerza y te jode el traje de domingo. Ponemos hormigón en las ciudades porque es más limpio y aséptico, pero también más incómodo y frío. El cemento no acoge, expulsa al diferente. Trasladamos esa arquitectura hostil a nuestras relaciones. Enviamos un whatsapp a la familia en vez perder el tiempo llamando o viéndoles en persona. Buscamos el amor en las pantallas por pánico al fracaso de la barra de bar, construimos búnkeres reales y metafóricos para escondernos del mundo, para mezclarnos sólo con los nuestros, hoteles y resorts privados que son burbujas. Necesitamos reconocernos en el de enfrente: vestir igual, votar lo mismo, compartir costumbres y, por supuesto, el mismo grosor de cuenta. Un sálvese quien pueda donde no pedir, implica no dar, ahorrándonos mirar al espejo que nos devuelve el rostro del otro y el nuestro propio. Esa miopía voluntaria y burguesa es la misma que dicta la geopolítica actual. Lo vemos en Ceuta, una frontera que no es sólo una valla, es el reflejo de un mundo que externaliza su conciencia, una herida abierta donde se mete sal y arena. La realidad que salpica el traje de una Europa, cuyas políticas migratorias son un negocio de contratas, utilizando a países como Albania o Turquía como trasteros de personas. Países que son almacenes donde meter lo que molesta, los que ocupan demasiado espacio ético y los que no pueden estar a la vista de los votantes. Un mundo que no quiere enfrentarse a los problemas estructurales que la desigualdad conlleva, sólo esconderlos de forma cobarde bajo la alfombra comunitaria. Es el ghosting elevado a estrategia de Estado, eludir el debate y tapar el drama humano para evitar que las heridas ajenas nos dejen huella y lo que importa, la deja. Rasguños, jirones, arrugas, gritos, discusiones, eso es la vida cuando se mira de cerca. Yo me niego a la ceguera periférica, prefiero eso, a un billete en primera hacia la indiferencia. Yo desconfío de lo impecable, de lo pulcro, de lo perfecto, de quien jamás se despeina, al fin y al cabo, la pureza absoluta solo pertenece a las cosas muertas.
Fuente original:
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