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Falta de calor en el aplauso a Sánchez

Falta de calor en el aplauso a Sánchez

Es grave que Rufián señalara alguna abstención aplaudidora con ánimo de hacerla significativa.

Pedro Sánchez comparecía ayer jueves en el pleno del Congreso de los Diputados a solicitud del Partido Popular, y también a petición propia, para dar cuenta de la entrada ilegal –a pie o a nado– en Ceuta de una multitud en tromba estimada en más de 80.000 personas de toda clase, edad y condición, un número que duplicaba la población de la ciudad, cifrada según el último censo de 2025 en 84.208 habitantes. El presidente del Gobierno, que por una vez había abandonado el azul y vestía traje gris con corbata verde, se ofrecía con una delgadez casi preocupante, y nada más acceder a su escaño en la cabecera del banco azul atrajo, como siempre, una nube de fotógrafos insaciables. El vicepresidente primero, Carlos Cuerpo, había llegado antes y hacía tándem con Sánchez, pero todos los demás evitaban pasar por delante o por detrás de ambos e ingresaban en el banco por el otro extremo. La vicepresidenta segunda, última en hacer su aparición, venía de blanco y con melena al aire. Consideré conveniente llegar con antelación para evitar quedarme sin sitio. Por primera vez en los 60 años que llevo frecuentando el Congreso encontré cerrada la verja de accesoEl pronóstico avanzado había señalado que la sesión sería memorable y consideré conveniente llegar con antelación para evitar quedarme sin sitio en la Tribuna de Prensa. Por eso, me presenté a las 7:50 horas en la puerta de Cedaceros, que es la asignada a los periodistas. Por primera vez en los 60 años que llevo frecuentando este edificio encontré cerrada la verja de acceso. Me dijeron que abrirían a las 8:00 horas y opté por sumarme a la concentración que allí habían formado los aspirantes a acreditarse para seguir la anunciada comparecencia, augurada como de máximo interés, donde predominaba una mayoría de fotógrafos y operadores de televisión. A primera vista observé un abierto contraste indumentario entre los periodistas de uno y otro sexo, porque mientras las chicas se presentaban arregladas y con atuendos cuidados, que combinaban diseños, los varones comparecían a cuál más desastrado. Luego, en el salón de sesiones, comprobé que ese mismo código diferencial se repetía entre sus Señorías según fueran de uno y otro sexo. Sus Señorías fueron invitadas a ocupar sus escaños. Enseguida, hubo un minuto de silencio en honor de un fallecido, se tomó juramento a una diputada que adquiría así esa condición plena y empezaba el único punto del orden del día. La presidenta Armengol daba la palabra a Pedro Sánchez, que empezaba su primera intervención ilustrando a los convocados sobre los dos leones que flanquean la escalinata de la fachada principal del edificio de la carrera de San Jerónimo, recordando la leyenda escrita en su pedestal donde puede leerse que ambas piezas fueron «fundidas con cañones tomados al enemigo en la guerra de África de 1860». O sea, que a la altura de 1860, reinando Isabel II y siendo primer ministro Leopoldo de O’Donnell, combatimos en una guerra en África –para ser más precisos, en Marruecos–, y tomamos cañones al enemigo, de cuya fusión procede la materia prima de los leones que decoran la entrada solemne al Palacio del Congreso. De los 80 minutos de intervención valdría quedarse con la frase de que «Ceuta no es la frontera de España, es España en la frontera», pero lo demás fue el juego invertido: escuchar al presidente pedir explicaciones a la oposición. En cualquier caso, si hubiéramos de medir la sesión por los aplausos habría que aceptar que fueron más calurosos los tributados a Feijóo que los recibidos por Sánchez. Pero es más grave que Rufián señalara alguna abstención aplaudidora con ánimo de hacerla significativa. Veremos.
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