Ceuta: el precio de la impunidad
"No ha sido Marruecos quien ha enviado drones a Leipzig, y no ha sido Rusia quien ha organizado este enésimo asalto fronterizo en Ceuta… aunque haya disfrutado de sus consecuencias".
Si es cierto lo que nos han contado, el emperador Calígula quiso nombrar cónsul a su caballo Incitatus. Además de su innegable belleza, algo deben de tener esos notables animales porque muchos siglos después, y según propia confesión, el irrepetible Jesús Gil consultaba a su propio corcel, de nombre Imperioso, sobre los fichajes del Atlético de Madrid.¿De verdad llegaron a caer tan bajo el poderoso Imperio Romano y el esforzado club madrileño como para tener que integrar a un par de nobles brutos entre sus élites dirigentes? Seguramente no. Es probable que, tanto Calígula como su pintoresco émulo empresarial y futbolístico español, se limitaran a disfrutar de un placer prohibido para la mayoría. Un placer que, si no llega a igualar al del poder absoluto —parece que, al final, Incitatus se quedó sin su consulado— se le acerca mucho: el de la impunidad. Ambos sabían que podían humillar a quienes les rodeaban, ponerlos en ridículo y pisar sus derechos sin tener que pagar ningún precio… y ese era para ellos un motivo suficiente para hacerlo.Que sepamos, el presidente Trump no tiene una relación tan íntima con los caballos como Calígula y Gil. Quizá por eso disfrute de su impunidad de otras maneras que, por desgracia, son mucho más peligrosas. Mejor le iría al mundo si nombrara a un caballo como jefe del Departamento de la Guerra en lugar de empeñarse en dirigir la de Irán personalmente.Bajo la batuta estratégica de Donald Trump, la guerra de Irán se mueve en círculo, como las manecillas del reloj… o como los caballos en los picaderos, ¡qué coincidencia! Con matices apenas distinguibles, el magnate recorre una y otra vez las mismas etapas tropezando siempre en las mismas piedras. Primero anuncia que ya ha ganado la guerra, en el formato que mejor se ajusta a la actualidad del día: la aniquilación de la Guardia Islámica Revolucionaria, la apertura del estrecho de Ormuz o la destrucción —una vez más— de las instalaciones nucleares iraníes. Después insiste en que Teherán está deseando rendirse y que los ayatolás aceptarán todas las condiciones que él decida imponerles. Sin siquiera molestarse en retractarse de lo anterior, amenaza luego a la República Islámica con las penas del infierno, materializadas en cualquiera de las distintas maneras que existen para destruirla.Para tratar de terminar el ciclo sin dejar una clara sensación de fracaso, Trump suele quitarle importancia a lo que ocurre sobre el terreno y distraer al público con ocurrencias tan variopintas como la de dar su nombre al estrecho de Ormuz, proclamar un día D económico —que no es otra cosa que la vuelta a la política de sanciones que ya fracasó en el pasado— o renovar los llamamientos al pueblo iraní para que se rebelen y ganen la guerra para él. A partir de ahí, el magnate vuelve a empezar sin importarle demasiado que todo lo que diga lo hayamos oído antes, y no una sola vez sino todas las que él, que para eso es Donald Trump, decida repetir la misma historia.¿Por qué hace Trump lo que hace, en Irán y en los EE.UU.? ¿Por qué le cambia el nombre al lago Ontario si, según las encuestas, apenas un 14% de los estadounidenses aplaude tal desatino? Solo se me ocurre una razón, y es la misma que tenía Calígula: porque puede hacerlo. Puede imponer su relato tanto a sus seguidores —los que aplauden rabiosamente al oír cada una de sus contradicciones— como a sus enemigos políticos, que se esfuerzan denodadamente para demostrar que es falso… algo que todo el mundo sabe que lo es.Un poder así tiene que ser muy dulce. No importa cuántas veces se desdiga, cuántas se equivoque, Trump tiene una red de seguridad que se lo va a perdonar. Eso no le convierte en omnipotente, desde luego. De hecho, ni siquiera puede derrotar a Irán. Pero sí puede vivir su vida irreal sin el peso de la responsabilidad —un privilegio inusual para el presidente de una gran nación— porque, a todos los efectos prácticos, se siente tan impune como Luis IV de Francia, el rey Sol. O, por buscar un ejemplo de hoy, Kim Kong-un, el Sol Brillante.Por desgracia, el ejemplo de Trump parece contagioso. Un grado así de impunidad resulta tan atractivo que son muchos los dirigentes que quieren probar esas mieles. También en España. No es mi papel cuestionar la fe de nuestro presidente en que se pueda demostrar la legalidad de las joyas de Zapatero, que ya es un papelón; pero, en mi propio terreno, ¿cómo atreverse a defender a Marruecos después de lo que ha ocurrido en Ceuta en el último mes? ¿De verdad hay quien pueda creer que han sido Rusia, Israel y lo que cada uno queramos entender por la “Internacional Reaccionaria” los que han lanzado a decenas de miles de magrebíes a través de la frontera de Ceuta para castigar a España por su noble defensa de la paz?¿Cómo atreverse a defender a Marruecos después de lo que ha ocurrido en Ceuta en el último mes?Vale, todos los acusados por nuestro Gobierno nos quieren mal, pero cada uno hace las maldades a su manera. No ha sido Marruecos quien ha enviado drones a Leipzig, y no ha sido Rusia quien ha organizado este enésimo asalto fronterizo en Ceuta… aunque haya disfrutado de sus consecuencias. Si apareciera una mujer estrangulada en Boston y alguien tratara de exculpar al tristemente famoso criminal, icono de la ciudad, acusando a Jack el destripador ¿qué pensaríamos de él?No solo la acusación del presidente del Gobierno es falsa —y lo sabemos, y él sabe que lo sabemos, y nosotros sabemos que él lo sabe— sino que a nadie se le escapa —tampoco a él— que va a ser desmentida con pruebas más pronto que tarde. Mientras escribo esto, ya empiezan a aparecer las primeras evidencias. ¿Tan pronto ha quedado olvidado lo que ocurrió en España tras el 11M, cuando el Gobierno de Aznar cometió el error de señalar a ETA en lugar del yihadismo?El primer deber del mentiroso es que no lo pillen. ¿Por qué entonces exculpa a Marruecos nuestro presidente? Quizá sea porque cree que, cualesquiera que sean los hechos, él puede cambiar el relato sin pagar un precio. Quizá se sienta inspirado por el ejemplo de Trump, de la misma forma que la fanfarronada de Calígula inspiró la de Gil. Quizá el presidente Sánchez, superviviente ya de muchos escándalos, se ha acostumbrado a gozar de la dulce impunidad. ¿Se saldrá esta vez con la suya? Es difícil decirlo. Puede que, al final, el pueblo español no le pida al presidente Sánchez responsabilidades por sus palabras… pero en las calles de Ceuta podemos advertir el precio que pagamos todos por su impunidad.
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