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Vivir pendiente de una bolsa de alimentos, el esperado reparto de víveres en la playa del Trampolín: "Es la única comida del día"

Vivir pendiente de una bolsa de alimentos, el esperado reparto de víveres en la playa del Trampolín: "Es la única comida del día"

Cartones de leche, latas de atún, plátanos, agua, bizcochos, algún que otro zumo y pan son los víveres

Cartones de leche, latas de atún, plátanos, agua, bizcochos, zumo y pan son algunos de los víveres que llenan las bolsas de los centenares y centenares de migrantes con los que se cruza el equipo de 20minutos durante su visita a la playa ceutí del Trampolín. Los datos oficiales cifran en 5.000 el número de personas que permanecen en la ciudad autónoma tras la entrada masiva perpetrada a finales de julio, cuando entre el 30 y el 31 se estima que cruzaron la frontera en torno a 80.000 marroquíes y subsaharianos, pero la sensación en la arena es de un número mucho mayor.Más de un mes después de que los ceutíes vieran duplicada su población en tan solo 48 horas (residen habitualmente alrededor de 83.000 vecinos), otra normalidad se ha instalado en la principal playa de la ciudad. La desalinizadora de Ceuta es testigo silencioso de cuanto ocurre a pie de playa, ya que el reparto de alimentos se produce en las inmediaciones de sus instalaciones. "Es la única comida que hago al día", reconoce a este diario Abderramán, un joven de 30 años que sobrevivía como camarero en Marruecos. Junto a él, compatriotas expertos en los más variados oficios portan con orgullo las bolsas que les permitirán sobrevivir un día más en Ceuta. Tapiceros, pintores, taxistas o soldadores que han dejado su Marruecos natal en busca "de un futuro mejor" se aferran a las bolsas blancas, como si ellas contuviesen en sí mismas el pasaporte a una vida mejor. En el operativo de reparto no falta una férrea disciplina y la Policía Nacional vela por el mantenimiento del orden. Las provisiones se entregan por turnos y las mujeres son las primeras en tener acceso a ellas. Es a las siete de la tarde cuando los hombres, varones de entre 15 y 30 años, la mayoría entre los llegados a la ciudad, toman el relevo. Pero la suerte puede ser esquiva en ocasiones.Lo sabe bien Fátima, una joven camarera de 27 años, natural de Tánger, que espera paciente junto a la línea policial. Sin traspasar, eso sí, la acera. La acera es la otra frontera. La línea entre los que tienen y los que esperan tener. "He llegado tarde y ya no me dan la bolsa", explica a este diario. Ya no es el turno de las mujeres. "Me van a dar agua por lo menos", cuenta vestida de riguroso negro, con un atuendo que permite entrever solo sus ojos. Y es entonces cuando un policía nacional le hace entrega en mano del preciado líquido.La suya es una historia de amor, de espera y de desesperación. Casada hace dos años con un cordobés, Fátima lleva más de uno esperando los papeles para la reagrupación familiar. Sin hijos y separada de su esposo, se decidió a entrar por mar unos días antes del asalto masivo, cuando los ceutíes alertaban ya de un incremento notable de las llegadas por vía marítima. Ahora duerme "en la calle" esperando poder reunirse en la Península con su marido, al que llama mientras charla con 20minutos en busca de consentimiento para contar su testimonio.Junto a ella espera su "amigo", el único hombre entre los miles presentes en el que confía por una única razón: "Es gay", explica la joven con una contundencia que el susodicho no es capaz de reproducir. Ibrahim espera como el resto su bolsa de comida. Tiene 22 años y una orientación sexual que no es capaz de verbalizar. Es el traductor de 20minutos quien le anima a decir en voz alta algo que en su país natal no puede proclamar: "Soy homosexual", admite abiertamente mostrando el documento que acreditaría su derecho a optar al asilo. La homosexualidad está perseguida y penada al otro lado de la frontera ceutí. "Mi familia no lo sabe", cuenta, motivo por el que este diario ha optado por no publicar su imagen, de la que dispone, en este reportaje.Comer lo justo para revenderNo todo lo que contienen las bolsas acaba en los necesitados estómagos de los moradores de la playa del Trampolín. Muchos han hecho de la reventa un lucrativo negocio. Son los que reciben remesas de divisas de sus familias en Marruecos. Entre lo que revenden de las bolsas y lo que compran en los supermercados cercanos son los 'reyes' inmerecidos del arenal. Es el caso de Hassan, al que sus allegados ya han enviado dinero hasta "tres veces", explica. Saben que la suerte que corra este joven artesano es también la de los muchos que dependen de él.La presencia de este medio a pie de playa genera un efecto dominó. Son decenas los migrantes que se acercan para explicar qué hacen en Ceuta y por qué arriesgaron sus vidas en una travesía con final incierto. "Los salarios son muy bajos en Marruecos, no dan para vivir", repiten una y otra vez al unísono. Y la respuesta a la pregunta de si volverán a Marruecos es también la misma: "No, volver no, no es posible", explican aferrados a su única propiedad: una bolsa de comida.Mientras cuentan sus expectativas más inmediatas, "cruzar a la Península", la noche empieza a caer sobre la playa y los voluntarios de la Cruz Roja ultiman la entrega de los últimos lotes. Un día más, y van 39 desde que pusieron rumbo a su sueño, inician el regreso a sus improvisadas moradas. Unos dormirán en la playa, Fátima camina ya al resguardo de algún discreto portal y otros muchos van camino del CETI, donde los más afortunados han logrado una plaza y disfrutarán bajo techo del contenido de su preciada bolsa.
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