La 'otra Ceuta' que eclosiona sobre la arena de la playa del Trampolín: el mercadeo de la bulliciosa ciudad paralela
No hay ceutíes cuando uno se adentra en el arenal del Trampolín.
No hay ceutíes cuando uno se adentra en el arenal del Trampolín. Solo efectivos de la Policía Nacional y migrantes dan una pista sobre lo que ocurre en la que hasta este verano era la playa más concurrida de la ciudad autónoma de Ceuta. Sigue siéndolo, pero de otra manera.Mientras la economía de Ceuta se deteriora a pasos agigantados, la Cámara de Comercio de la ciudad cifra en más de 33 millones las pérdidas directas desde que desembarcaran 80.000 migrantes de forma irregular a finales de julio y comenzara la crisis, la actividad es frenética en el arenal ocupado antaño por bañistas y que este verano ampara todo tipo de actividades. La playa del Trampolín se ha convertido en un hervidero de actividad. Los "caminantes", como apodan los ceutíes a los recién llegados, dedican las horas a pasear por las calles mientras los efectivos de los servicios públicos adecentan el espacio que ocupan, pero antes o después regresan a un territorio que parece pertenecerles por derecho propio. La hemos construido nosotros mismos pero nos da miedo que vengan a quitárnosla. El 85% de la gente que ha entrado es malaTanto es así que se cuentan por decenas las precarias construcciones levantadas a pie de playa y que hacen las veces de vivienda para quienes han tenido la pericia de hacerse con una. La ciudad autónoma ha tratado en varias ocasiones de desmantelar el asentamiento, pero las chabolas vuelven a emerger sobre la arena en cuestión de horas. Lo saben bien Maruwan y Hassan, que comparten 'casa' con un tercer compañero que dormita en el interior de la chabola que se prestan a mostrar a 20minutos durante su visita al Trampolín. "La hemos construido nosotros mismos", cuentan orgullosos estos jóvenes de 30 y 31 años, soldador y pintor en su Marruecos natal, y que en Ceuta sobreviven con lo que reciben de la solidaridad de ONG como Cruz Roja, que realiza un reparto diario de comida alrededor de las siete de la tarde.Pero la propiedad de la endeble construcción no está asegurada. Este amasijo de palos, plásticos y cartones donde se resguardan a duras penas no está garantizada. "Tenemos miedo de que nos la quiten, aquí hay mucha gente que bebe y se droga, es mala gente", resumen ofreciendo un porcentaje que replica los datos que manejan las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. La Policía Nacional cifra en torno a un 10% el porcentaje de migrantes que habrían entrado para labrarse un futuro mejor al otro lado de la frontera marroquí. Los recién llegados lo elevan al 15%. Pero las intenciones del 85%-90% restante son inciertas en ambos casos. Quizá por ello, Hassan y sus compañeros hacen guardia y evitan alejarse más de lo necesario de la construcción que desde hace casi cinco semanas es su hogar en Ceuta. Una de esas escapadas es la que realizan, hasta cinco veces al día, a la 'mezquita' que se divisa sobre la arena misma del Trampolín. Desprovista de minaretes y sin imán que dirija el rezo, los migrantes han delimitado un espacio con botellas de agua rellenadas de arena para garantizar su estabilidad. A ella acceden descalzos y se ubican mirando a la Meca para cumplir con uno de los cinco preceptos irrenunciables del Islam para todo buen musulmán: el del rezo diario.Quienes no rezan dedican buena parte de su tiempo a las actividades de ocio, entre las que detacan los juegos de mesa y el fútbol. Es frecuente observar a pequeños grupos jugando al balón o echando una partida a las cartas con la tradicional baraja española. Pero los más queman su tiempo dedicados al oficio más viejo del mundo: el comercio.Cortar y peinarLa actividad económica no cesa en el arenal. Los pequeños trapicheos marcan el día a día de quienes la ocupan, pero también el desempeño de los oficios de toda la vida. A sus 22 años, Abdelakim no está dispuesto a perder el tiempo. "Cobro tres euros por el corte de pelo", cuenta a este diario mientras rapa uno tras otro a sus compatriotas en su barbería al aire libre. Es difícil comprender por qué un profesional como él lo deja todo para emprender una travesía con final incierto. "En Marruecos se vive muy mal, se trabaja mucho y se cobra muy poco. El salario no da para vivir ni para mantener a la familia", resume el joven, que no suelta las tijeras que maneja con mano firme mientras conversa.Garantizar las comunicaciones con los que dejaron atrás es otra necesidad vital para los moradores del Trampolín. Tanto que no solo una ONG alemana presta este servicio, sino que algunos migrantes han instalado a pie de playa improvisados chiringuitos donde hacer lo propio por un puñado de céntimos. Eso garantiza a los que migraron mantener el contacto con las suyos en una suerte de fe de vida. No carece la bulliciosa ciudad improvisada de quienes han optado por la restauración. Un precario "café restaurante" regentado por un joven veinteañero ofrece unas viandas de dudosa procedencia, huevos en su mayoría, cocinados en una pequeña olla a presión que conoció tiempos mejores pero que a día de hoy cumple con su finalidad retirada ya de los fogones.Junto al café bar, se abre paso una suerte de rastrillo en el que 'puestos de ropa' revenden los neoprenos con los que muchos de ellos alcanzaron la orilla o parte del contenido de las preciadas bolsas blancas. Esas que cada tarde, a partir de las siete, reparten a pie de playa los voluntarios de la Cruz Roja. Todo está a la venta en esta otra ciudad que se abre paso en la playa mientras los ceutíes observan con impotencia e incredulidad el deterioro a pasos agigantados de su ciudad. Hace meses que los que la habitan no ponen un pie en el arenal que ha dejado de pertenecerles.
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